Opinión

Un pobre hombre

Que no es lo mismo que un hombre pobre. El hombre del título nació en una cuna de oro. Si hubiera venido al mundo sin cuna o en cuna de canasta, con sus merecimientos no sólo estaría viviendo en una emergencia, sino al fondo de esa emergencia. No aprovechó la suerte de nacer en la cuna de oro para educarse y tornarse digno de ella, sino, por lo contrario, la utilizó para aprender mañas y para vivir de mentiras, para dejar de lado toda seriedad —sin advertirlo o advirtiéndolo pero consciente de no poder hacer algo distinto— incluso al representar a una República que se preciaba por su cultura, como le tocó en suerte, al menos en el ámbito que a él le tocaba actuar, y dejarla reducida a los resultados de un equipo de fútbol local.
Ayer me dispuse a escuchar su huida, pues le tocó perder. Y digo su huida porque no era una especie de rendición de cuentas, incluso de aquello que él nos había adelantado como sencillo, como valor ante el cual él quería ser juzgado o, en otro caso, como valor principal para la aceptación del cargo público más elevado de nuestra República que se proponía alcanzar y le alcanzó para ganar la elección; y para darnos la explicación de alguna razón valedera que le tornó imposible esa misión, que seguramente existe aunque oculta tras su forma de ver el mundo.
Me dispuse a escucharlo porque creía en las acciones de los hombres y sabía que no siempre logran el resultado querido; me dispuse a escucharlo porque quería oír la palabra ¡perdón!, asociada con el caso incluso para alguno de sus ministros, porque creo en la redención y quien se juzga a sí mismo merece ese perdón, ojalá yerre en su explicación acerca del error y pese a que el error nos moleste sobremanera; me dispuse a escucharlo porque “no hago leña del árbol caído”, porque a nadie le niego oportunidad para confesarse ni retractarse públicamente, menos aún a quien tuvo en sus manos los destinos de mi país durante un período gubernamental. Admito incluso cierta bondad en su propio juzgamiento y estimaba de antemano como positiva la idea de explicar sus yerros por la cadena de medios oficiales.
Lamentablemente escuché todo lo contrario, algo así como el homicida que insiste en seguir matando y que, envalentonado por sus logros, huye hacia el futuro para conseguir más de lo mismo y más rápido, tal como lo había expresado este hombre antes de los comicios.
Todos sus logros eran por lejos negativos, casi como sucede después de una guerra: la quiebra de la sociedad en clases cada vez más delimitadas y enfrentadas entre sí, con odio —la llamada “grieta”—, la pérdida del valor de nuestra moneda de cambio interna (inflación) y externa (valor de cambio), el entierro de nuestra educación oficial, en verdad única existente como modelo, y de sus operadores, la salud de enfermos y de todos, con el aumento increíble de medicamentos, algunos de los cuales eran antes producidos en el país, la escasez de vacunas contra diversas enfermedades, algunas de las cuales servían para evitar la mortalidad de niños, la degradación de hospitales públicos, de sus médicos y auxiliares, de su estructura edilicia y función, la caída de nuestra estructura cultural, obligada a milagros para subsistir medrosamente y acompañada por la necesidad de cancelar algunas de sus expresiones, los comercios cerrados, las familias durmiendo en la calle y comiendo por separado, una vez por día y gracias a la acción solidaria de grupos sociales, el hambre, los colegios convertidos en comedores en lugar de proporcionar educación y saber, la huida en masa de científicos y el cierre de programas tecnocientíficos por escasez de presupuesto, en fin, la destrucción de la industria argentina y del comercio que no estoy en condiciones de afirmar en volumen, pero sí de señalar las consecuencias que día a día exponen nuestros llamados “ emprendedores” —el problema está constituido por el cierre de la fábrica o el comercio y no por sus ocasionales dueños—, la industria nacional y el “vivir de lo nuestro”. Y ni quiero nombrar a la enorme deuda pública que nos consume a pasos agigantados, contraída desde Rivadavia (siglo XIX) y resuelta milagrosamente por el gobierno anterior que, de proseguir, creo que la hubiera dejado en cero, como el Sr. Macri predica para los pobres.
Se puede ser pobre pero digno. Yo mismo conozco a una persona así a quien le he dedicado un humilde verso, no publicado aún. Según el “discurso” presidencial de adiós parece que lo contrario resulta imposible. Lo avalan algunas reacciones previas a la asunción del próximo gobierno, que persisten en conservar sus intereses mal habidos, sin tomar a su cargo los desarreglos que hoy persiguen a nuestro país. El concepto de “patria” no es sencillo de edificar, ni tampoco lo es, ligado a aquél, el de “burguesía nacional”. El presidente saliente nos ha dado ayer una clase magistral sobre ello, con exclusión de toda modestia.

Por Julio Maier
Profesor Emérito U.B.A.

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